Basado en los fragmentos del libro del Padre Miguel Sopoćko
“LA DIVINA MISERICORDIA EN SUS OBRAS”, tomo II.
Las fotos del Vía Crucis – hechas en el Santuario de Jasna Góra en Częstochowa, Polonia
La resurrección de Jesús es la coronación y cumplimiento de la vida y actividad del Salvador del mundo.
Lo que el Salvador inició en el Tabor, ahora se ha hecho realidad: revistió su cuerpo de esplendor y de hermosura, lo hizo espiritual, sutil y penetrante y dócil a su voluntad.
Nosotros también anhelamos la vida glorificada, la espiritualización de nuestro cuerpo, la espiritualización de las formas exteriores. Deseamos experimentar la Pascua y queremos la victoria sobre todas las concupiscencias de nuestro cuerpo, para alcanzar así la bienaventurada inmortalidad.
(...) ¿Acaso resucitaremos?
Para reafirmarnos en esta certeza basta recordar que la resurrección de los cuerpos es un dogma de nuestra fe; en esta vida deberíamos, sobre todo, resucitar espiritualmente.
(…) Hay muertos en el espı́ritu a los que se podrı́a llamar: cadáveres vivos. La Sagrada Escritura dice: «Conozco tus obras y que tienes nombre de vivo, pero estás muerto. Estate alerta y consolida lo demás, que está para morir, pues no he hallado perfectas tus obras en la presencia de mi Dios» (Ap 3, 1-2). Muerto está el hombre que vive solamente para el mundo terrenal, trabaja, crea y busca la fama terrestre. Es la tragedia de la vida terrenal, mundana, la vida de los desconfiados. La vida ociosa y vacía, privada de espı́ritu, no se convertirá́ en vida eterna, como tampoco de una bellota vacı́a crecerá un roble. Por eso, ya aquı́ en la tierra, deberı́a llevar una vida con miras a la eternidad, o sea, una vida sobrenatural. Pues debo pensar, querer, sufrir, luchar, alegrarme y amar, de acuerdo con los principios de la fe.
«Pero también vosotros daréis testimonio» (Jn 15, 27).
Estas palabras dirigidas a los apóstoles, también van dirigidas a mí. Debo dar testimonio de Cristo con mi vida y con mi comportamiento diario, con mi actitud, que tiene que ser un ejemplo de virtudes y de santidad. Dicho ejemplo debe ser de palabra y de obra. Si el Señor lo permite, puede que sea testimonio de sangre y de martirio, o al menos testimonio de la misericordia con el cuerpo y el alma del prójimo. Sé bien que por mí mismo no soy capaz de vivir así.
Por eso confío en que el Espíritu Santo me auxiliará!
Soy consciente de que debo dar testimonio, pero sin tu inspiración e influjo no seré capaz de hacerlo. Crea en mí, Señor, un espíritu nuevo.
Con los reflejos de los rayos de la gloria ilumina mi rostro, dame alas Señor, para que pueda volar hasta las cumbres del banquete celestial, para que pueda navegar con la barca de mi alma hasta las profundidades, mar adentro, para que no me hunda junto la orilla.
“Espı́ritu Santo, concédeme la gracia de una confianza inquebrantable, por los méritos de Jesús. Concédeme la gracia de una confianza temerosa ante mi debilidad.
Cuando la pobreza llame a mi puerta: Jesús, en Ti confío.
Cuando me afecte una enfermedad o me afecte una discapacidad: Jesús, en Ti confío. Cuando el mundo me rechace y me persiga el odio: Jesús, en Ti confío.
Cuando una falsa acusación me manche y me harten de amargura: Jesús, en Ti confío. Cuando me abandonen mis amigos y me hieran con palabras y acciones: Jesús, en Ti confío.
¡Espı́ritu de amor y misericordia, sé mi refugio, mi dulce consuelo, dichosa esperanza, para que en las circunstancias más difı́ciles, no deje de confiar en Ti!”.